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Periodismo
Sección 3: Editorales


Enemigos del intelecto

Los que utilizan el agravio como arma de defensa

por Carlos Reyna

Desde hace un largo tiempo vengo observando con desagrado cómo se pretende castigar a los intectuales. Sin que los asista ningún derecho, algunos se han metido de forma muy fea en mi vida privada y la de muchos colegas que traen el oficio en la sangre y un prestigio bien ganado a lo largo de los años. Y por si fuera poco, han pretendido defenderse de su mediocridad y su falta de juicio analítico, insultándome gratuitamente y sosteniendo que soy un mediocre, cuando intimamente son perfectamente concientes de que estoy un poco lejos de ser precisamente eso.

Quienes me aprecian, me siguen y no tienen el alma contaminada por la envidia, saben que soy un escritor que no desentona y al que lo avalan 44 años de publicar en distintos medios.

Y en respuesta a otro de los conceptos vertidos por esta triste especie de frustrados intelectuales, tampoco como poeta soy un "zapato" que pretende emular a Neruda. Están las críticas de mis libros que hablan por si solas y a las que agradecí profundamente en muchísimas ocasiones, porque merecían al menos una respuesta y una devolución de mi parte. Manejar un metro, clasico de los clásicos en poesía (como lo es el soneto), no sólo requiere de una cierta capacidad literaria, sino de mucho conocimiento académico en la materia. Y es precisamente por eso que dediqué los mejores años de mi vida a perfeccionarme en el arte de la poesía y todas sus formas. Porque a las condiciones naturales hay que cultivarlas y mejorarlas con el conocimiento.

Es como dije y sostuve siempre: los peores enemigos de los intelectuales son los mediocres insatisfechos, porque saben que no tienen ni tendrán la capacidad para convertirse jamás en intelectuales.

Ellos siempre fueron eso. Se ofendían ante cada frase medianamente elaborada que otros pronunciaban o escribían. Se notaba que les disgustaba que a otros las palabras les surgieran a borbotones, con facilidad y clara elocuencia, cuando ellos no hubieran sido capaces de expresar siquiera algo parecido. Comprendo que a un mediocre eso le de mucho fastidio, porque lo toma como un insulto a su falta de recursos. Entonces sólo le queda como defensa el agravio personal, otra de las tantas y grandes bajezas que sufre la humanidad.

Nada más que decir, pobres señores dignos de lástima... Son unos infelices insatisfechos que odian lo que algunos tienen, utilizando la envidia como arma de defensa, porque en el fondo saben que nunca van a tener la capacidad de expresar un pensamiento digno y con altura.

Yo, en cambio, sí puedo y debo hacerlo, y por eso voy a terminar con esta simple reflexión: el talento natural (con el cual algunos nacemos) no es un mérito ni un esfuerzo propio que nos de el derecho a manejarlo a nuestro gusto y placer. Es algo que nos regaló Dios o la naturaleza, y el poseedor de ese don tiene el deber moral de compartirlo alguna vez gratuita y generosamente. Caso contrario, estaríamos ofendiendo a Dios, que nos lo obsequió con un propósito noble: distribuirlo sin mezquinamientos, para hacer la vida de los seres humanos más placentera.


La Plata, Bs. As., 2 de febrero de 2015


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