OCTAVIO PAZ
México (1914-1998)

Fue uno de los más prestigiosos y notables poetas y escritores de la literatura mexicana contemporanea, incursionando desde muy joven en los movimientos de renovación poética en su país.
Desempeñó, entre otros cargos, el de ministro encargado del despacho en Francia y el de embajador en la India.
Su poesía combina, con notable resultado artístico, lo objetivo y lo subjetivo, lo sencillo y lo complicado, lo personal y lo social, ejerciendo con gran maestría el dominio de los recursos técnicos y estilísticos y empleando metáforas de sorprendente originalidad.
Con frecuencia se ha dicho que plantea el conflicto entre el ser y la existencia, el hombre inmerso en el tiempo y la eternidad de su naturaleza.
Ha pasado por diversas etapas ideológicas y formas poéticas, y entre sus obras más divulgadas figuran: "Libertad bajo palabra" (1949), "Salamandra" (1962) y "Ladera este" (1969). También ha publicado numerosos ensayos, entre los que se destacan "El laberinto de la soledad" (1951), "Cuadrivio" (1965), "Conjunciones y diyunciones" (1969) y "Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe" (1983).
Fue galardonado con el Premio Cervantes en 1981 y distinguido en 1990 con el Premio Nobel de Literatura.
Falleció en México el 19 de abril de 1998.
 

LA VIDA SENCILLA

Llamar al pan el pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día;
darle al sudor lo suyo y darle al sueño
y al breve paraíso y al infierno
y al cuerpo y al minuto lo que piden;
reir como el mar ríe, el viento ríe,
sin que la brisa suene a vidrios rotos;
beber y en la embriaguez asir la vida,
su plenitud redonda y fugitiva;
bailar el baile sin perder el paso
y dormir junto a un cuerpo luminoso
que es un sol que se tiende en una playa;
tocar la mano de un desconocido
en un día de piedra y agonía
y que esa mano tenga la firmeza
que no tuvo la mano del amigo;
probar la soledad sin que el vinagre
haga torcer mi boca, ni repita
mis muecas el espejo, ni el silencio
se erice con los dientes que rechinan:
estas cuatro paredes —papel, yeso,
alfombra rala y foco amarillento—

no son aún el prometido infierno;
que no me duela más aquel deseo,
helado por el miedo, llaga fría,
quemadura de labios no besados:
el agua clara nunca se detiene
y hay frutas que se caen de maduras;
en unos ojos descubrir el cielo,
el mismo en que de niño me perdía,
y volver a perderse en esos ojos;
saber partir el pan y repartirlo,
el pan de una verdad común a todos,
verdad de pan que a todos nos sustenta,
por cuya levadura soy un hombre,
un semejante entre mis semejantes;
pelear por la vida de los vivos,
dar la vida a los vivos, a la vida,
y enterrar a los muertos y olvidarlos
como la tierra los olvida: en frutos...
Y que a la hora de mi muerte logre
morir como los hombre y me alcance
el perdón y la vida perdurable
del polvo, de los frutos y del polvo.

Octavio Paz



ENVIO

Tal sobre el muro rotas uñas graban
un nombre, una esperanza, una blasfemia,
sobre el papel, sobre la arena, escribo
estas palabras mal encadenadas.
Entre sus secas sílabas acaso


un día te detengas: pisa el polvo,
esparce la ceniza, sé ligera
como la luz ligera y sin memoria
que brilla en cada hoja, en cada piedra,
dora la tumba y dora la colina
y nada la detiene ni apresura.

Octavio Paz




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